jueves, 24 de diciembre de 2015
2015.015
Hannibal y Silence of the Lambs pero no Red Dragon.
Por cierto, hace algunos meses descargué y vi una película que resultó ser tan mala que la borré inmediatamente después de verla y ya no recuerdo qué película era. Eventualmente volveré a tropezar con esa película y la odiaré una vez más.
domingo, 15 de febrero de 2015
2015.011
Un día cualquiera (o quizás una noche distinta) caí en cuenta de que me he acostumbrado, sin quererlo, a la conveniencia de todo. A no tener que pensarlo mucho y que todo siga un cierto curso que resulta a medias familiar y más o menos predecible. Un marco de orden para contener un poco el caos. Rutina o inercia o estabilidad, no estoy seguro, pero es algo que se sentía bien entonces y se siente bien ahora. La rutina es, algunas veces, un refugio bastante agradable después de todo.
Termino de ordenar mi colección de cartas de Magic the Gathering en una caja de zapatos (no es la mejor forma de guardarlas, pero es todo lo que tengo por ahora y no estoy seguro de que la situación cambie pronto). No he jugado en ocho años, y las nuevas cartas se ven lo suficientemente interesantes como para retomar el viejo vicio. Buen motivo para enseñarle a jugar a uno de mis ahijados con la excusa de que la mecánica del juego podría ayudarle a practicar matemática, concentración, comprensión de lectura, toma de turnos… y básicamente cualquier otra cosa que se me ocurra y que sea potencialmente cierta y de la que pueda convencer a su mamá. Después de todo a mí me enseñaron a sumar y restar con juegos de tablero. Hora de pasar el conocimiento a una nueva generación.
Una película de la Hammer que aún no he visto y un par de cervezas el sábado por la noche. Buena forma de cerrar la semana.
martes, 3 de febrero de 2015
2015.008
En la noche la manía de buscar algo más que hacer cuando ya debería estar yendo a dormir. Un nivel más. Una puerta más en el calabozo. Un garabato más en el cuaderno. Un par de páginas más. Un episodio más. Y así hasta que ya es bastante más allá de la hora en que debí haberme ido a dormir. Es la razón por la que no tengo un televisor en mi cuarto, las cosas de Dungeons & Dragons están en la sala, la única consola que tengo está desconectada y los juegos que puedo jugar en la PC sólo funcionan como deben en la PC del estudio… pero los tengo en Steam, que también está instalado en la laptop y me permite poner el juego en la PC, jugarlo en la laptop por streaming, ponerlo en el televisor de la sala y quedarme enganchado por un buen rato. También puedo usar Plex para ver en la laptop los episodios y películas que guardo en el disco duro del estudio. Además está la pila de libros por leer justo al lado de la cama. Soy mi peor enemigo, y al parecer disfruto siéndolo.
Ahora a seguir buscando la forma de armar un servidor de archivos sin destruir mucho mis cuentas (y dejar una reserva) y así terminar de complicar todo y mandar mi rutina de sueño tan lejos que quizás alcance a dar una vuelta completa y regrese a su forma correcta. Como si fuera posible.
viernes, 30 de enero de 2015
2015.007
Me resulta bastante parecida a la forma en que uno, de pronto, se da cuenta de que se ha convertido en adulto, sin querer. Un buen día resulta que ya tienes la edad requerida para obtener el documento que te identifica ante la sociedad como adulto potencialmente responsable, pero todo lo demás sigue exactamente igual. Y entonces, algunos meses, años o décadas después, te das cuenta de que en algún momento entre recibir tu credencial de adulto y tratar de no morir en el trabajo ni en el camino de regreso a casa, no sólo adquiriste las responsabilidades que antes tenían tus viejos, sino que realmente las asumiste como tales. Y así llega la otra adultez, para la que no hay credencial ni edad mínima o máxima. Carajo.
Incómoda la hora en que las neuronas deciden hacer un moshpit alrededor de estas cosas. Aunque prefiero que sea ahora y no en medio de un día pesado en el trabajo.
martes, 27 de enero de 2015
2015.005
En un momento de silencio entre canciones escucho los sonidos del bus. El temblor del motor y el viento que se filtra por alguna rendija. Los diálogos de una película que además de ser malísima tiene un pésimo doblaje, pero al chofer y al cobrador les encanta así que la ponen todo el tiempo. Alguien habla en voz baja. Algunos asientos detrás de mí alguien juega en un celular con el volumen alto. Al menos esta vez no hay bebés llorando. Me alegro de tener puestos los audífonos y que la música no tarde más que unos segundos en volver.
El cielo aquí está un poco más nublado que en Lima, y tengo la sensación de que va a llover dentro de un rato. Estiro los dedos para sacar un caramelo perdido en el fondo de mi morral, debajo de un libro. Limón o naranja, no importa realmente. Cierro los ojos cuando nos acercamos al cruce de Chancay.
viernes, 23 de enero de 2015
2015.003
"Viajar en el tiempo siempre ha sido posible en sueños" dice Madame Vastra en el final de la séptima temporada de Doctor Who. Me gusta esa frase porque, incluso tratándose de un episodio de una serie de ciencia ficción que lleva más de cincuenta años en el aire y que reinventa sus propias reglas cada vez que lo necesita, no deja de resultar interesante.
Hace un par de noches tuve un sueño bastante peculiar en el que observaba desde fuera el encuentro entre dos versiones de mí mismo: uno en busca de respuestas justo después de una crisis personal, y el otro de hace apenas un par de años, cuando esa crisis ya estaba bastante lejos. El timbre me despertó antes de poder escuchar lo que estaban diciendo, y realmente me hubiese gustado escucharlo porque no tengo la menor de cómo salí de esa crisis. ¿Estaré viviendo en la estela de una paradoja producida por un viaje en el tiempo dentro de un sueño? ¿No debería haber colapsado todo al producirse la paradoja? ¿Acaso colapsó y se reconstruyó sin que nadie se diera cuenta? O tal vez el sueño fue solo la proyección de que algunas veces me gustaría poder regresar a ciertos puntos de mi vida sabiendo qué hacer o qué decir o hacia dónde ir.
Un antojo bastante intenso de brioche con queso paria y orégano me distrae. Será motivo para dar una caminata larga en busca de pan y queso, y respirar un poco de aire húmedo por la neblina.
miércoles, 21 de enero de 2015
2015.002
Me cruzo accidentalmente con alguien a quien no veía desde hace casi quince años, y lo primero que noto es que su mirada ha cambiado tanto que si no me hubiese reconocida ella, jamás la habría reconocido yo. Ya no es más la mirada curiosa que me acompañaba a buscar lugares de los que sólo teníamos referencias (y en busca de los cuales casi siempre nos perdíamos). Hay todavía un diminuto resplandor ahí, sin embargo, que apareció cuando empezamos a recordar esas lejanas caminatas y la sensación de no saber nada de nada. Pero hay algo más. Una cierta satisfacción en su mirada, alrededor de ese diminuto resplandor de curiosidad. Le pregunto por sus amigas y su carrera. Y entonces.
Tantas personas. Tantos mundos. Patrones en el caos. Tantas vidas. Tanto tiempo y tan poco a la vez. Escenas repetidas. La estática en la línea y el eco al final de la conversación. Variantes con demasiadas similitudes. Nubes que se transforman mientras cruzan el atardecer.
Dejó su carrera aproximadamente en la época en que yo tenía dudas sobre la mía, y realmente no puedo recordar bien qué estaba estudiando ella porque en ese entonces ya no teníamos contacto. Me presenta a su esposo (o más bien se presenta él mismo) y a sus tres hijos, y eso me dice lo que pasó con todo lo demás. Sonrío. Nos despedimos, y mientras me alejo en busca de algo de comer no puedo dejar de pensar en que, a pesar de todo, le fue bien.
martes, 20 de enero de 2015
2015.001
Traducir a la velocidad del rayo sin dejar de prestar atención a lo que se está traduciendo. Terminar el encargo con tiempo suficiente para revisar un par de veces, descansar y revisar una vez más para estar seguro de no haber cambiado accidentalmente el tiempo de los verbos. Respirar. Enviar el encargo terminado. Encender velas a todos los santos conocidos y rezar en todos los idiomas posibles para que el cliente pague a tiempo y no se pase una eternidad inventando mil excusas. Conversar con otros freelancers en situaciones parecidas. Esperar.
A pesar de todo, me encanta lo que hago y sólo lo cambiaría por unas vacaciones breves de vez en cuando. Pero vacaciones de verdad: lejos del teléfono y toda forma de mensajería más o menos instantánea, durmiendo hasta que la cabeza se siente pesada de tanto dormir, levantándome sólo para darme un baño, comer, leer, quizás ver una película, y luego dormir un poco más. Y después de unos días volver al ritual con los clientes y los encargos de última hora.
Un hechizo surte efecto mucho después de lo esperado, cuando ya casi lo había olvidado. Buen motivo para encender un cigarrillo (aunque el clima se presta para una cerveza, pero todavía es temprano y queda trabajo por hacer) y sentarse en el techo un rato a ver las nubes pasar. No del todo desconectado, pero dejando que el mundo fluya alrededor a su propio ritmo, caótico como pueda ser. Ver las líneas de humo llevadas por el viento. Y sonreír.
lunes, 18 de febrero de 2013
2013-007
Escribir por impulso. Por la necesidad de escribir. Porque los dedos están inquietos y escribir es mas productivo que tamborilear en el borde de la mesa. Escribir porque hace demasiado calor y no puedo dormir tranquilo.
Echarse un poco de agua en la cara y el cuello y abrir puertas y ventanas a ver si así se hace un poco más tolerable. Tomar un poco de agua y eliminarlo como sudor en un par de minutos. La seguridad de que habrá noches incluso peores y realmente no hay mucho que se pueda hacer salvo aguantar y traer el ventilador de la sala para ponerlo en alguna parte de la habitación. Saber que esta casa es mucho más fresca que la de mis padres, aunque su habitación siempre tuvo mejor ventilación que la mía y en este momento debe estar tibia y no hirviendo. Quedarse dormido a pesar de todo y despertar algunas horas después porque las sábanas ya están tan húmedas que se pegan al cuerpo.
El sol salió hace un rato y el calor sólo va a empeorar a menos que suceda algún milagro. Mejor entrar a la ducha de una vez y después aprovechar que estoy despierto antes de lo habitual. Tomar con calma un buen desayuno y leer las noticias acumuladas durante la noche. Tal vez por fin pueda terminar alguna de las mil cosas que tengo a medias desde hace un tiempo. Detesto el calor húmedo del verano infernal de la costa central peruana, pero al menos me sirve para despertar temprano.
jueves, 14 de febrero de 2013
2013-004
Solía hacer esto dos o tres veces por semana en la universidad. El almuerzo era un par de paquetes de galletas y una botella de agua, no por decisión propia sino más bien porque los horarios y la economía no me dejaban muchas opciones. Ahora el estómago se resiente un poco y acusa el maltrato. Estoy envejeciendo, supongo. Ahora un paquete de galletas y una botella de agua son sólo un tentempié hasta que finalmente llegue la hora de almorzar, más o menos una hora y media después de lo que debería ser… y más o menos unas tres horas más tarde de lo que yo quisiera. Sin embargo me he acostumbrado un poco a los almuerzos bastante tardíos (aunque sigo pensando que deberíamos encontrar la forma de que no fuesen tan tardíos, pero en fin), igual que me he acostumbrado a otras cosas.
Y un día, de pronto, te enteras de media docena de cosas en las que ya realmente no tenías mayor interés. Y eso te despierta la curiosidad y preguntas por algunas cosas más o menos de la misma época, y tu interlocutor piensa que realmente tenías interés en la primera media docena de cosas que te contó y empieza a contarte un par de docenas de otras cosas que resultan cada vez menos interesantes, pero la conversación continua por un buen rato.
Quedarán para siempre aquellos cigarrillos que solíamos fumar al borde del amanecer en medio de conjuros extraños y recurrentes. Me sirvo una taza de café antes de que empiece el calor infernal.
miércoles, 13 de febrero de 2013
2013-003
Esperando una vez más, ahora en un sitio que solía frecuentar hace varios años y al que dejé de venir por ninguna razón en particular. Es uno de esos ahora extraños días en que el sol no se decide a salir. En las manos un vaso de café sin azúcar y en el bolsillo una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Me invade de pronto la sensación de que me observa alguien que no puede estar allí porque hace tres horas estaba prácticamente en otro planeta. Un día de primavera como cualquier otro, en medio de un verano que no parece ser como cualquier otro. Allá vas. Las manos en los bolsillos de esa vieja casaca que debes haber tirado a la basura hace mucho. El recuerdo de un nudo en la garganta. Un trago largo de café.
L'esprit d'escalier con demasiado tiempo de retraso. Cosas que se pudieron decir pero quedaron para siempre arrumadas junto con todo lo que pudo ser en otro momento. Otro trago de café.
Siento por un instante la mirada de la pareja al otro lado del pasillo. A ella la conocí hace mucho, en algo que cada vez parece más otra vida. Recuerdo esos ojos. A él también lo conocí, un par de años después. ¿Me habrán reconocido? Espero que no. Realmente no tengo muchas ganas de poner al día las historias. La repentina resolana es una buena excusa para ponerme los lentes oscuros y caminar hacia otro lugar. Es uno de esos días.
martes, 12 de febrero de 2013
2013-002
Un par de ojos amarillos me observan en silencio desde un techo al otro lado de la calle. Mueves una oreja triangular. Ayer no estabas ahí, ¿de dónde has venido? ¿Eres de algún vecino? ¿Estás de paso? Los gatos siempre serán algo fascinante para mí. Hubo una época, en casa de mi abuela cuando las cosas eran más simples, en que una pequeña tribu de gatos solía acompañarnos casi todo el tiempo. Tenían un pequeño matriarcado en el jardín, con una matrona amable que gustaba de acompañar a mi madre frente al televisor, dormía al lado de la cama de mi abuela y me buscaba para jugar un poco antes de la cena.
Parpadeo por un instante y ya no está.s En tu lugar queda sólo un espacio con tu forma, como en esa historia de Neil Gaiman sobre el hombre que olvidó a Ray Bradbury. Un pequeño espacio en forma de un rollizo gato gris con ojos amarillos. Pero no puedo conjurarte recitando el alfabeto. Algún día, supongo, un gato volverá a aceptarme como compañero para jugar o leer, o simplemente para que le rinda tributo todos los días con un plato de comida.
Es curiosa la forma en que algunos recuerdos permanecen siempre al alcance de la mano, mientras otros apenas regresan muy de vez en cuando y otros se pierden en los confines de la memoria. La tribu de gatos en el jardín de mi abuela es uno de esos recuerdos que están siempre a la mano.
jueves, 28 de junio de 2012
2012-013
Ligera llovizna en una noche de otoño bastante agradable y algo tranquila. Una taza de té mientras leo algunas noticias del día, respondo un par de mensajes y hago una lista de las cosas que tengo por hacer mañana. A veces me sorprende a mí mismo la forma en que he aprendido a organizarme en los últimos años, aunque muchas de mis cosas todavía sieguen siendo un verdadero caos, pero supongo que una cierta cantidad de caos es siempre necesaria para mantener el equilibrio.
Siempre me ha gustado la idea de vivir entre dos ciudades. Puede ser un poco complicado algunas veces, pero me parece una buena forma de mantener el contacto con ambos lugares y tener una perspectiva distinta de las cosas. Es distinto a "cambiar de aire" por unos días y luego volver a la ciudad en la que uno vive, es mas bien tener una parte de la vida en cada una de esas ciudades y pasar de una a la otra según el día o el momento. Es más o menos lo que hice durante los años en la universidad y en los trabajos que tuve después (aunque en esa época era casi como si la carretera fuera realmente mi hogar y todo lo demás fuesen paradas temporales), y es lo que quisiera volver a hacer en cuanto sea posible.
Ya es hora de cerrar todo, apagar las luces e irme a dormir por unas horas. Y mañana a terminar de hacer los últimos arreglos para los próximos dos días.
miércoles, 27 de junio de 2012
2012-012
Algunas veces queremos mucho que algo suceda, y al final no sucede nunca. A veces las cosas suceden sin que nos demos cuenta. Sea el destino o cómo se le quiera llamar, el universo de vez en cuando parece conspirar para que las cosas salgan de una determinada forma. Y algunas veces el universo decide lanzarnos algo que jamás hubiésemos esperado. Y decide hacerlo un par de veces seguidas en una secuencia que sólo el infinito sabe cuándo empezó y cuándo terminará.
Lo sé, pequeño fantasma que susurras en mi oído y cantas las historias de mis épocas pasadas. Escucho tus canciones, pequeño fantasma, y cargo las cadenas de ese otro que vino para quedarse. Lo sé. No teman. No olvido. Aprendo. Y sigo adelante. Existe un antes y un después de las sorpresas del destino (universo o lo que sea), para bien o para mal, y lo sabemos dentro de nosotros sin importar si los demás pueden notarlo. Y si no lo sabemos, no importa: el universo lo sabe.
Las cosas siguen siendo las mismas y el clima sigue cambiando. Hay una cierta magia en el atardecer, algo que parece bailar entre las nubes. Observo mi reflejo en la ventana y le dirijo una sonrisa y un cabeceo. Enciendo un cigarrillo para que el humo lleve el mensaje atrás en el tiempo. Sí funciona, yo de hace una semana. Tal vez no de la forma en que piensas, y tal vez demore mucho más de lo que crees, pero sí funciona.
martes, 26 de junio de 2012
2012-011
El día amaneció algo frío y un poco gris, bastante agradable en realidad, y una muy buena razón para tomar una taza de café viendo las nubes (como si realmente hiciese falta una razón para eso). La combinación me trae recuerdo de otro otoño, cuando las cosas eran bastante distintas. A veces extraño algunas cosas que deje atrás en los últimos diez años. También a algunas personas que quedaron en el camino, algunas por voluntad propia, otras porque era necesario, y otras sin más razón que los cambios en el tiempo, la distancia y la forma inmisericorde en que ambos suelen confabular. A lo lejos escucho una risa que se parece mucho a la de alguien a quien extraño a pesar del contacto frecuente. Tal vez sea que una parte de mí todavía no despierta a pesar del café y el viento fresco.
Nuestras conversaciones están convirtiéndose nuevamente en una costumbre bastante agradable. Creo que nunca debieron dejar de serlo, aunque aparentemente el universo pensó que era mejor que hiciésemos una pausa bastante prolongada antes de retomar las viejas conversaciones o empezar algunas nuevas. Fue extraña la forma en que nos separamos, y más aún la forma en que un buen día nos volvimos a encontrar y no nos hemos alejado mucho desde entonces.
Me gustan las llamadas inesperadas, siempre y cuando sean en el momento adecuado y no se conviertan en llamadas incómodas. No, este párrafo probablemente no tenga nada que ver con los anteriores, pero eso no importa.
lunes, 25 de junio de 2012
2012-010
Apagué todo en un instante, llené las cosas en la mochila mientras terminaba de ponerme la sudadera y asegurarme de no olvidar nada en el escritorio. La sensación de que este viaje podría haber esperado hasta la próxima semana o al menos hasta el sábado. Pero algo se podía hacer para que el viaje valiera la pena. Además, claro, de comprar un nuevo monitor. Envié algunos mensajes antes de salir.
Después de seis años de servicio y de haber recibido probablemente más uso diario del que había sido calculado por el fabricante, mi fiel monitor ViewSonic VA703b decidió que la tarde de un jueves, faltando dos horas para terminar mi turno y con mucho trabajo freelance aún por hacer (y sin mucho tiempo para perder), era el mejor momento para dejar de funcionar. Al menos no fue a media noche del día antes de entregar el trabajo. Al menos sucedió cuando tengo los medios para comprar un reemplazo sin perder mucho tiempo, aunque tenga que pagarlo en cómodas cuotas hasta quién sabe cuándo. Y al menos pude ver a algunos amigos.
Regresé a casa agotado, pero con la sensación de que a pesar de todo, la tarde había valido la pena. Gracias por haber estado ahí, aunque fuese sólo un momento y los planes hechos a último minuto no salieran como hubiésemos querido. El nuevo monitor sonríe desde el escritorio. El monitor antiguo descansa ahora en el aparador, a la espera de una oportunidad para regresar al escritorio, tal vez como secundario.
sábado, 21 de abril de 2012
2012-006
Creo que en nunca terminamos de acostumbrarnos mucho a la idea del paso del tiempo, y así los días y los meses siempre terminan por sorprendernos, y antes de que nos demos cuenta un año más ha pasado y recibimos el nuevo año con la misma sorpresa con que recibimos el anterior y los que estuvieron antes de ese, y así recibiremos también a los que inevitablemente vendrán después. Tenemos relojes y calendarios, y los tenemos por todos lados, pero de todas formas el tiempo se nos escapa y nos sigue sorprendiendo. Un día despertamos recordando con nostalgia cosas que aún podemos ver frescas en nuestras mentes pero en realidad pasaron hace un año o más, y nos sorprende darnos cuenta de que el tiempo realmente pasa sin que podamos evitarlo.
¿De dónde vino todo eso? No tengo la menor idea. Es sólo algo que surgió de pronto mientras terminaba de responder un correo enviado por alguien a quien no he visto hace ya demasiado tiempo.
El viento fresco se cuela por el balcón y agita ligeramente las hojas de un cuaderno abandonado en una esquina del escritorio. Trae recuerdos de otro cuaderno, casi en la misma posición, hace alrededor de seis años, cuando las cosas empezaban a cambiar para mejor. El humo de un cigarrillo para completar el hechizo que aprendimos a medias en una calle hace tanto ya. Me pregunto si aún lo recordarás o si lo habrás olvidado. La respuesta llega en una hoja de ficus que el viento arrastra hacia el infinito. Sonrío.
viernes, 20 de abril de 2012
2012-005
No estoy seguro, realmente, de en qué momento empecé a escribir. Es decir, sé que empecé a escribir este post en particular hace alrededor de dos minutos, en una noche de verano en la que, a pesar de que últimamente la temperatura ha bajado por las noches, hace más calor del que debería. O tal vez sea sólo que en mi cuarto hace calor. En fin. El asunto al que iba es que no recuerdo bien en qué momento me entró el gusto por escribir. Recuerdo que cuando era pequeño jugaba en la vieja Remington Quiet-Riter de mamá, pero en ese momento era más que nada jugar a producir ruidos golpeando las teclas y ver cómo aparecían letras en las hojas de papel. Quisiera atribuirle el gusto por la escritura a ese recuerdo casi mágico de las palabras formadas por el golpeteo de las teclas, pero eso sería ignorar por completo todos los cuadernos en los que garrapateaba historias cortas y no tan cortas casi desde que empecé la secundaria. Tal vez fuese el aburrimiento que me empezó a embargar en el último año de primaria, cuando todo empezó a parecerme soso, redundante y sofocante. Quizás, como me dijo una amiga, sea sólo que soy piscis y me siento creativo, aunque yo preferiría no atribuirle esto a la posición de las estrellas.
Sea como fuere, cada vez me siento más fascinado con la forma en que las palabras fluyen en un monitor a través de un teclado o sobre una hoja de papel a través de un lapicero (o lápiz).
jueves, 19 de abril de 2012
2012-004
Camino por un pasillo con el piso cubierto de frases que escuché antes pero ahora no puedo descifrar. Mis pasos no producen ruido alguno. Tampoco mi respiración. El aire se llena de destellos del futuro, ecos de luces por venir que lastiman la retina y se adhieren a la piel. Sonidos que rebotan en las paredes a mi alrededor, formando susurros extraños al borde del espectro auditivo. Una puerta que se abre de pronto en un siseo. Oleadas de silencio. Nubes de calma en un cielo púrpura salpicado de aves. La sensación de ser arrastrado por voces que aún no están allí. El contacto inesperado y violento de una palabra que se cuela entre el murmullo del destino.
En la oscuridad de mi habitación abro los ojos sin saber con certeza hacia dónde estoy viendo. Siento el leve pitido en los oídos que sólo puedo sentir cuando casi no hay ruido a mi alrededor. Estoy boca arriba en mi cama, la cabeza sobre la almohada y las sábanas me cubren hasta el pecho. Parece que todo está bien. Doy vueltas de un lado a otro mientras trato de recordar la voz y la palabra. Cierro los ojos y trato de regresar a este último instante, justo antes de despertar, pero es inútil. El cansancio puede más y me pierdo en otro sueño, completamente distinto, completamente olvidado ahora.
A veces trato de entender mis sueños y pesadillas. Otras veces, como esta, prefiero pensar que simplemente son cosas que pasan y eventualmente volverán a pasar.
martes, 17 de abril de 2012
2012-002
No suelo hablar mucho de los malos momentos, y no es porque pretenda que nunca sucedieron, sino porque la mayor parte del tiempo no vale la pena mencionarlos. Pero algunas veces es necesario detenerse un momento, recordar, analizar, y tal vez encontrar en el pasado, incluyendo los malos momentos, algunas posibles explicaciones a nuestras manías, nuestras obsesiones y nuestros errores grandes y pequeños. Si bien el pasado no determina de forma exacta nuestro presente y futuro, sí ayuda a darnos forma, y revisarlo con la intención de aprender de él no es una mala idea.