viernes, 20 de mayo de 2011

2011-022

Una discusión corta que empieza con una disculpa. Luego el silencio incómodo. Consejos. Risas. Decisiones que tal vez no habría tomado en otro momento. Una solución improvisada que se convierte en una larga conversación en un agradable bar casi vacío. Vasos que se extienden hacia el infinito. Caminos que se abren sin que uno se de cuenta. Barreras que caen. Complicidad. Planes sin rasgo de malicia. Abrazos sinceros y una despedida larga.

Hace frío cuando bajo del bus. Camino con la capucha sobre la cabeza y un cigarrillo en los labios, disfrutando en el rostro cada una de las corrientes de aire helado que recorren las calles casi desiertas. En el cielo, la luna que empieza a menguar se oculta apenas tras un velo de nubes. Me detengo en la esquina para apagar la colilla. Una última pitada larga, para cobrar los impuestos como solía decir un viejo amigo. Desde una esquina alguien menciona mi apellido y me saluda con la mano. Por un momento agradezco estar con zapatillas y no tener que escuchar el eco de mis viejas botas sobre los ladrillos del bulevar. No busco sigilo, sólo silencio. Los arbustos cerca a mi puerta huelen a tierra húmeda. Un par de puertas más allá, un gato me observa en silencio, ojos brillantes sobre el pelaje oscuro. Me invade el recuerdo fresco de una mirada y una sonrisa. Sonrío mientras cierro la puerta y subo la escalera hasta mi habitación.

Aún me siento incompleto, pero ya no me siento solo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

2011-021

Como todos, creo que hay días buenos y malos. Del mismo modo, hay semanas enteras que pueden ser mejores o peores que otras. Algunos días, como los últimos dos, sólo se puede clasificar como extraños.

Ayer por la tarde me crucé de forma casual con un curioso personaje que muy posiblemente haya caído de las páginas de alguna novela de capa y espada de hace un siglo o dos. O quizás en una vida anterior recorrió las callejuelas empedradas de París o Madrid, estoque en mano y la capa al viento, desfaciendo entuertos en las noches de luna bajo el cielo tachonado de estrellas. O algo por el estilo. De pronto llegó la sensación de que el mundo se había vuelto un lugar mas bien surrealista, con figuras extrañas navegando en un mar de palabras y oraciones interminables. Pronto, sin embargo, la oleada verbal se volvió algo monocorde y, en silencio, empecé a tratar de entender por qué alguien elegiría hablar de esa forma en su vida diaria. La única conclusión a la que pude llegar fue: porque le gusta pues. Con una sonrisa me despedí del curioso personaje para continuar mi camino habitual hacia el atardecer. Quizás en algún momento me vuelva a cruzar con él, aunque realmente no lo creo.

Pero ya fue suficiente de personajes que decidieron salir de páginas perdidas. Hora de volver a la realidad y a la taza de café caliente que me observa frente al monitor. Odio cuando las cosas se vuelven surrealistas.

sábado, 14 de mayo de 2011

2011-020

Después de algunas noches de insomnio, finalmente pude dormir bien. Normalmente duermo poco más de seis horas y eso es suficiente para mí, pero las últimas noches no había podido conciliar el sueño, a pesar de mis mejores esfuerzos, hasta por lo menos las tres o cuatro de la mañana.

Hubo un tiempo en que el insomnio era mi compañero de ruta. Y no me refiero a las largas noches tratando de terminar algún juego de video, ni a las maratones viendo episodio tras episodio de alguna serie. Me refiero a noches enteras sin poder dormir más de dos minutos seguidos. Cerrar los ojos para volver a abrirlos un segundo después, frustrado e incómodo. Ver docenas de pensamientos proyectados sucesivamente en la oscuridad del techo, en la incertidumbre de la puerta, en la profundidad del ropero. Abrazar la almohada en busca de una respuesta o al menos una solución temporal. Finalmente encender la luz, derrotado, y buscar algo que leer para tratar de distraerme un poco hasta que el cansancio me derribe. Ver, con los ojos entrecerrados por el sueño que recién empieza, cómo los primeros rayos del sol entran por la ventana e iluminan el despertador que sonará en un par de horas. Realmente odio esos recuerdos.

Y anoche, cuando ya presagiaba otra eternidad dando vueltas en la cama en busca del sueño, las brumas empezaron a envolverme en el momento mismo en que apagué la lámpara del velador. Cuando desperté, faltaba un minuto para que sonara la alarma. Todo está bien ahora.

martes, 10 de mayo de 2011

2011-019

Estaba en el proceso de escribir esto ayer al mediodía, pensando en la forma extraña en la que siempre termino encontrando al menos un buen amigo (de los que duran) en cada paso importante de mi vida, cuando de pronto surgió algo más interesante: pasar la tarde con una de las mejores personas que he conocido en mucho tiempo. No tuve que pensarlo ni por un instante. Traté de terminar el post en quince minutos, y como no pude, lo dejé para hoy.

La armadura que traigo puesta sólo me la quito frente a algunas personas. Siempre me ha resultado un poco difícil socializar. Tengo la tendencia a ser tímido y un poco huraño cuando recién conozco a alguien, a menos que por alguna razón me sienta cómodo con la persona que acabo de conocer. Curiosamente eso nunca ha sido impedimento para conocer a muchas personas interesantes, ni para socializar con otros igual de huraños que yo, y eso me ha permitido conocer a muy buenos amigos y amigas. Algunas veces pienso que tal vez debería bajar las defensas en algún momento, abrirme un poco más, pero siempre hay algo o alguien que, de una forma u otra, me hace recordar por qué decidí cerrarme.

De pronto me doy cuenta que eres de las pocas personas con las que mantengo contacto realmente frecuente y regular, y también eres una de las cinco personas que me han visto sin la armadura emocional. Ahora subo al bus para pasar un rato contigo, sin armaduras.

viernes, 6 de mayo de 2011

2011-018

Estos días de otoño han sido bastante interesantes. Ha empezado a hacer un poco de frío últimamente, y he empezado a sentirme cada vez mejor justamente por eso. Una frazada extra en la cama. Té caliente a media mañana sin morir de calor. Nubes gordas y ligeramente grises en la tarde. Gotas de lluvia formando pequeños charcos en el bulevar. El olor a tierra mojada. Viento frío contra la piel mientras camino entre las sombras de las noches de otoño. Mañanas de pie en la ventana, con una taza de café en las manos, viendo la ligera neblina que empieza a recorrer las calles como un ser vivo.

Me gusta el frío. Tal vez sea una cuestión de nostalgia más que cualquier otra cosa, pero siempre he preferido el otoño y el invierno. Algunos de los mejores recuerdos que tengo son de momentos ocurridos durante distintos inviernos, algunos mucho más fríos que otros, pero siempre con más recuerdos buenos que malos. La compañía correcta hizo que este último verano fuese más soportable que antes, lo cual fue una sorpresa bastante agradable después de mucho tiempo, aunque realmente me hubiese gustado tener esa misma compañía durante el invierno anterior.

Todavía faltan varias semanas para que llegue el invierno, y parece que va a ser uno bueno, al menos desde mi punto de vista. Mientras tanto, el otoño está aún un poco indeciso, pero de vez en cuando regala días bonitos con nubes gordas y noches de viento frío. Caminaré un poco mientras espero la lluvia.

martes, 3 de mayo de 2011

2011-017

De pronto siento el golpe, directo y sin avisar. Ansiedad, creo, pero no recuerdo haberla sentido así antes. De pronto no puedo respirar. Lo intento, pero no puedo. De pronto todo no es más que un borrón y siento que el suelo empieza a dar vueltas rápidamente. Me saco los lentes, apoyo la frente en las palmas de mis manos y cierro los ojos. Debería contar hasta diez. Los latidos no me dejan pensar. ¿Son míos? No puedo contar. Nunca había escuchado latidos tan fuertes. Ahora tengo toda la cara enterrada en las manos. No puedo ver nada. No quiero contar. Presiono mi rostro con las palmas. Vamos, una bocanada de aire. No llega. No recuerdo cómo contar. Escucho el aviso constante de la computadora a mi lado y el sonido de los discos duros y los ventiladores. Aire. Respiro. Mi nariz se enfría y mis pulmones se llenan. Otra vez. Otra más. No quiero abrir los ojos. Todavía no.

Siento varias docenas de pensamientos distintos agolpándose en mi mente, contradictorios y complementarios, una danza al mismo tiempo violenta y apacible de ideas que luchan por salir. Por prevalecer. El silencio llena mis oídos. Algo se abre paso entre el caos. No viene del mismo lugar de los otros pensamientos. Siento una oleada de calma recorriendo mi cuerpo entero. Ya casi no escucho los latidos.

Abro los ojos. La ventana parpadea en el monitor, insistente. Ya pasó. Ya no importa. Hora de seguir adelante y no dejar que el pasado nos muerda.

lunes, 2 de mayo de 2011

2011-016

Y así, de pronto, las cosas cambian de la forma más imperceptible, y el mundo sigue girando igual que lo hacía cinco minutos antes, sin que te hayas dado cuenta de nada. El Sol sigue saliendo por el mismo sitio, Plutón sigue sin recuperar su categoría de planeta y nadie parece siquiera haberse enterado de eso en primer lugar. Pero algo se siente distinto y no tiene nada que ver con el universo, ni con la economía, ni con nada.

Siempre he creído, en lo personal, que estos cambios de los que sólo se puede dar cuenta quien los experimenta son los mejores, porque a pesar de ellos todavía sabes dónde estás parado en este momento, y puedes seguir con tu vida como si nada hubiese cambiado, aunque dentro de ti sientas que lo ha hecho, siquiera un poco. Caminar por las mismas calles y llegar al mismo lugar de siempre, sabiendo que ahora es un lugar completamente distinto y que sólo uno mismo puede sentirlo así. Es como una pequeña broma interna entre uno y el universo, un guiño entre las nubes y el sol que aún no se quiere ir. Como tomar un helado y sentirte bien mientras ves la lluvia al otro lado de la ventana.

Salgo al balcón y todo sigue igual. No. No todo. El aire se siente distinto. Se siente más fresco, quizás por el otoño. Pero hay algo más. Magia, tal vez. Algo cambió, de eso estoy seguro. Y nadie más puede verlo.