domingo, 17 de abril de 2011

2011-004

Me he acostumbrado a las visitas semanales. A caminar algunas cuadras hasta la terminal bajo el sol que se rehúsa a partir aunque el otoño se lo pida con neblina. A pasar por la plaza y ver a las palomas. A dormir en el bus con los audífonos puestos para bloquear el ruido del exterior y despertar poco antes de llegar a la terminal. A las caminatas hasta la estación del Metropolitano. Al rumor de las personas conversando de sabe Dios qué cosa. A los recorridos por este centro comercial o el otro. A dar una vuelta por las tiendas de computadoras para ver si hay algo nuevo. A tomar un helado o una gaseosa mientras espero a alguien. A ver a la gente yendo de un lado a otro, envueltos todos en el zumbido común a las ciudades. A entrar al supermercado para comprar cosas que siempre faltan o se antojan a último momento. A las despedidas bajo el cielo ya oscuro y sin estrellas. A las luces de los autos mientras voy a la terminal para empezar el viaje de regreso. Al tráfico casi siempre pesado dentro de la ciudad. Al bamboleo del bus en la oscuridad de la carretera y las siluetas de los cerros recortadas contra la noche. A regresar a casa entre la fría brisa de la medianoche. A dormir sabiendo que la semana siguiente se repetirán casi las mismas cosas.

Me he acostumbrado a una rutina bastante agradable que quisiera conservar el mayor tiempo posible.

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