sábado, 15 de octubre de 2011

2011-029

Una taza de café para curar el efecto zombie de la mañana y empezar un día promedio. Día promedio traduciendo partes de un blog, con varias ventanas abiertas a la vez en el mismo monitor y haciendo algo de kung-fu en el teclado para pasar de un diccionario al otro y después a buscar en Google para verificar que el término de verdad exista y se use y que no sea sólo producto de una imaginación activa y el impulso adicional de la cafeína. Un par de golpes de tecla más y ahora a consultar con los colegas y conversar un poco con amigos que están lejos. A veces creo que debería comprar un monitor más grande o tal vez usar dos monitores.

Día promedio en el que a las lumbares se les ocurrió fregar la paciencia después de mucho tiempo. Al menos ya terminé lo que tenía pendiente y ahora puedo estirarme y hacer los ejercicios para ayudar a los músculos de la espalda y poner la columna en su sitio correcto por un buen rato.

Un día promedio que termina con una llamada telefónica que me trae una sonrisa y una larguísima conversación con una amiga a la que no veo desde hace casi dos años. Sin darnos cuenta pasamos de hablar de su trabajo, a las comidas que más nos gustan, a los fantasmas que aún penan en la casa de la cual se mudó antes de que nos conociéramos. Un día promedio que termina muy bien.

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