martes, 11 de octubre de 2011

2011-025

Amaneció hace un par de horas, aunque las nubes y la garúa crean la sensación de estar atrapado justo minutos antes del amanecer. Se siente bien. Un espacio imposible fuera del tiempo.

No es que no me guste dormir, aunque algunas veces creo que podría estar haciendo otras cosas durante esas seis a ocho horas, como leer o ver por enésima vez todo Battlestar Galactica, o tratar de hacer algo por enderezar mi columna de una buena vez, o alguna otra cosa. Me gusta dormir, como a todos. Lo que no me gusta es el momento antes de dormir, cuando empiezan a reaparecer momentos de las horas previas. Algunas veces es algo que sólo dura un par de minutos y luego se transforma en parte de un sueño. Otras veces es interminable. Revivir las escenas del día, con ganas de pedir una oportunidad de cambiar ciertos detalles y rehacer por completo algunas cosas. Las cosas que se quedaron en el aire. Las cosas que nunca pasaron. Las que debieron pasar. La claridad que, después de mucho, ilumina de pronto el camino a una decisión. La resaca del día.

Recostado en el sofá de la sala, observo la garúa al otro lado de la ventana. Hay algo en el aire, además del aleteo de las palomas, el frío de la mañana y el olor de la tierra húmeda. La certeza de que algo está roto. Tal vez sea que se ha roto recientemente, o quizá siempre estuvo roto y nadie quiso darse cuenta. Ya no importa.

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