lunes, 26 de enero de 2015

2015.004

Subo el volumen de mis audífonos para no escuchar la película que están poniendo en el bus. Apago mi celular para ahorrar los pocos minutos de batería que me quedan. En cuanto se apaga la pantalla me siento desconectado del mundo. Miro por la ventana y veo al menos un centenar de autos a mi alrededor, todos tratando de avanzar siquiera un par de metros más que los otros. A veces hago algo que mi viejo suele hacer cuando viajamos: recordar qué había hace unos años en el lugar donde ahora hay un nuevo hotel o edificio de oficinas. A veces me siento viejo. Otras, sólo me sorprende la forma en que la ciudad cambia en poco tiempo sin que nos demos cuenta hasta darnos de cara con el cambio. El tráfico recupera fluidez y regreso a observar el camino.

Las luces de los autos se reflejan en las cintas de seguridad de los obreros que taladran la berma central, y me parece que hay algo cyberpunk en un grupo de seis sujetos con maquinaria ligera y vestimenta de alta visibilidad trabajando en medio del tráfico de Lima casi a la medianoche de un día cualquiera. Casi como el escenario en una novela de William Gibson.

Cierro los ojos cuando el bus finalmente se interna en la oscuridad de la carretera. Al fondo, sobre el mar, las luces de un avión se pierden entre las nubes. Y yo me pierdo en un breve sueño de samurais urbanos con músculos artificiales e implantes de comunicación satelital.

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