jueves, 21 de mayo de 2015

2015.013

Definitivamente necesito poner algunos cuadros en la casa. Los tonos amarillos de las paredes son agradables pero la casa se ve un poco vacía. Quizás algunos pósteres enmarcados de películas, o ilustraciones de los autores de los webcomics con los que he estado enganchado desde hace un tiempo… si es que finalmente me animo a pedirlos, porque me preocupa que se maltraten en el camino. O un mapamundi como el que solíamos tener en el comedor. O esas viejas fotos familiares en blanco y negro y sepia que están guardadas en el costurero metálico (que solía ser una lata de galletas hace más de sesenta años) y que llevamos al menos una década pensando en poner en marcos.
Estantes con libros, cómics y juegos de mesa. Algunos cuadros en las paredes. El sofá que ahora tiene tapiz verde. Contando mi estudio, la habitaciones adicionales y un miniservidor de archivos (si toma sus vitaminas eventualmente crecerá y será un servidor grande y fuerte) con series y películas, la casa viene a ser una versión revisada de la casa de mi abuela. Sólo falta un jardín con gallinas, patos y flores. No extraño a las aves de corral realmente, pero las flores, o al menos algunas plantas, podrían ser un buen detalle.
Es curiosa la forma en que tendemos a repetir sin querer algunas cosas que resultan familiares. Avanzamos para regresar al terreno conocido. Y después de dos años de haberme mudado, finalmente estoy pensando seriamente en decorar la casa con algo más que libros.

jueves, 12 de marzo de 2015

2015.012

La misma nostalgia que nos hace recordar algunas cosas como mucho mejores de lo que fueron en realidad, nos juega mal cuando tratamos de ver en nuestros nuevos televisores una película de cuando éramos niños. No importa que el televisor en cuestión sea un aparato enorme y pesadísimo de  hace diez años, de todas formas es mucho mejor que el televisor en que vimos la película hace veinte años (y ese televisor posiblemente tuviera ya diez años a cuestas en ese momento), y las diferencias se hacen notar. Como me decía una amiga hace tiempo, de pronto te das cuenta que ese fondo negro en Alien en realidad tenía detalles… pero eso también le quita un poco a algunas escenas que ahora se ven más artificiales de lo que deberían. Claro que siempre voy a saltar cuando el chestburster sale del pecho de Kane y cuando el xenomorfo embosca a Dallas en los ductos de ventilación (no me digan que es spoiler, si no han visto Alien hasta ahora tienen un problema serio, aunque fácil de solucionar), pero ese es otro asunto.
Vuelvo a ver Depredador después de mucho tiempo, y me sorprende que, a pesar de todo, las tomas del yautja (la criatura) moviéndose entre la selva todavía resulten interesantes. Tal vez sea que la acción en Depredador es principalmente diurna, usando la vegetación para ocultar al yautja, o tal vez sea que el camuflaje óptico siempre se vio raro y no hay mayor diferencia. Aunque la visión térmica ahora parece hecha con crayola.

domingo, 15 de febrero de 2015

2015.011

Un día cualquiera (o quizás una noche distinta) caí en cuenta de que me he acostumbrado, sin quererlo, a la conveniencia de todo. A no tener que pensarlo mucho y que todo siga un cierto curso que resulta a medias familiar y más o menos predecible. Un marco de orden para contener un poco el caos. Rutina o inercia o estabilidad, no estoy seguro, pero es algo que se sentía bien entonces y se siente bien ahora. La rutina es, algunas veces, un refugio bastante agradable después de todo.

Termino de ordenar mi colección de cartas de Magic the Gathering en una caja de zapatos (no es la mejor forma de guardarlas, pero es todo lo que tengo por ahora y no estoy seguro de que la situación cambie pronto). No he jugado en ocho años, y las nuevas cartas se ven lo suficientemente interesantes como para retomar el viejo vicio. Buen motivo para enseñarle a jugar a uno de mis ahijados con la excusa de que la mecánica del juego podría ayudarle a practicar matemática, concentración, comprensión de lectura, toma de turnos… y básicamente cualquier otra cosa que se me ocurra y que sea potencialmente cierta y de la que pueda convencer a su mamá. Después de todo a mí me enseñaron a sumar y restar con juegos de tablero. Hora de pasar el conocimiento a una nueva generación.

Una película de la Hammer que aún no he visto y un par de cervezas el sábado por la noche. Buena forma de cerrar la semana.

jueves, 12 de febrero de 2015

2015.010

El café de los días de trabajo es combustible para seguir adelante, mientras el café del tiempo libre y los fines de semana es para recuperarse, saborear y recordar. Hace meses, desde su lugar favorito en la esquina de la cama, el gato solía observarme como si se preguntase por qué le presto tanta atención a una taza de café. No es el café en sí mismo, son las sensaciones que lo acompañan. Es poder revisar las notificaciones del celular con toda la paciencia del mundo un sábado por la mañana y ver llegar los recuerdos de un sábado que pudo haber sido en otra vida. Es ver pasar esos recuerdos, estirar los dedos y acariciarlos mientras el café pasa lento acariciando la garganta. O quizás sólo estoy proyectando y en realidad el gato estaba viendo los hilos de vapor que subían desde la taza para perderse en el tiempo y el espacio. Pero la ilusión era agradable.
El teléfono suena para anunciar una visita inesperada. La enésima variación de una mezcla de café encontrada de casualidad. La sensación tibia de volver a compartirla con otros humanos y ocupar espacios que habían quedado vacíos casi sin notarlo. Igual que antes.
Un par de libros apilados al lado de la cama, a la espera de que termine de leer uno que tengo abierto y otro que está empezado en la aplicación de Kindle en el celular, y muchas distracciones que no me dejan leer tan rápido como quisiera. Igual que siempre.

sábado, 7 de febrero de 2015

2015.009

Tengo el navegador en pantalla completa para ver un mapa de Dungeons and Dragons del que quiero sacar algunas ideas para una aventura que eventualmente usaré con mi grupo (con algún grupo). En momentos como este, me gustaría tener un segundo monitor para escribir la aventura teniendo el mapa gigante al lado, o poner twitter en pantalla completa como una suerte de ruido de fondo. Tal vez en un mes o dos (o tres), cuando mi tarjeta esté bien recuperada de los gastos recientes. La vieja idea de llenar el escritorio de monitores aunque no haya nada que mostrar en ellos.
Y mientras escribía ese párrafo, me di cuenta de que Coraline, mi laptop, ya tiene casi seis años de maltrato duro y parejo. En todo este tiempo sólo he tenido que reemplazar una vez el cargador. Claro que la batería ahora dura, con suerte, un poco más de una hora, pero el teclado y el monitor están casi en perfectas condiciones (salvo por la tecla Q, que se rompió apenas un mes de después de haber comprado el aparato, cuando le cayó encima una taza vacía). Espero que dure unos cuantos años más, porque realmente no tengo muchas ganas de invertir en otra laptop en un buen tiempo, aunque a veces aparezca la tentación.
La tentación a la que sí voy a seguir sucumbiendo con cierta frecuencia, y por tiempo indefinido, es la de comprar libros aunque sea para seguir apilándolos en un mueble hasta que tenga tiempo de leerlos.

martes, 3 de febrero de 2015

2015.008

En la mañana una ducha y después una taza de café bastante grande para terminar de despertar y leer titulares.
En la noche la manía de buscar algo más que hacer cuando ya debería estar yendo a dormir. Un nivel más. Una puerta más en el calabozo. Un garabato más en el cuaderno. Un par de páginas más. Un episodio más. Y así hasta que ya es bastante más allá de la hora en que debí haberme ido a dormir. Es la razón por la que no tengo un televisor en mi cuarto, las cosas de Dungeons & Dragons están en la sala, la única consola que tengo está desconectada y los juegos que puedo jugar en la PC sólo funcionan como deben en la PC del estudio… pero los tengo en Steam, que también está instalado en la laptop y me permite poner el juego en la PC, jugarlo en la laptop por streaming, ponerlo en el televisor de la sala y quedarme enganchado por un buen rato. También puedo usar Plex para ver en la laptop los episodios y películas que guardo en el disco duro del estudio. Además está la pila de libros por leer justo al lado de la cama. Soy mi peor enemigo, y al parecer disfruto siéndolo.
Ahora a seguir buscando la forma de armar un servidor de archivos sin destruir mucho mis cuentas (y dejar una reserva) y así terminar de complicar todo y mandar mi rutina de sueño tan lejos que quizás alcance a dar una vuelta completa y regrese a su forma correcta. Como si fuera posible.

viernes, 30 de enero de 2015

2015.007

Hora incierta, pasada la medianoche (me da flojera estirar la mano y ver la hora en el celular), en que me pongo a pensar en familia. No en mi familia, sino en el concepto general de familia. Ser parte de una. Pertenecer. Lo extraño que se siente cuando uno trata de hacerse la idea de tener una, y la forma en que uno, de pronto, se da con la sorpresa de que, sin darse cuenta, tiene ahora una familia propia que prácticamente ha ido llegado poco a poco sin llamar mucho la atención.
Me resulta bastante parecida a la forma en que uno, de pronto, se da cuenta de que se ha convertido en adulto, sin querer. Un buen día resulta que ya tienes la edad requerida para obtener el documento que te identifica ante la sociedad como adulto potencialmente responsable, pero todo lo demás sigue exactamente igual. Y entonces, algunos meses, años o décadas después, te das cuenta de que en algún momento entre recibir tu credencial de adulto y tratar de no morir en el trabajo ni en el camino de regreso a casa, no sólo adquiriste las responsabilidades que antes tenían tus viejos, sino que realmente las asumiste como tales. Y así llega la otra adultez, para la que no hay credencial ni edad mínima o máxima. Carajo.
Incómoda la hora en que las neuronas deciden hacer un moshpit alrededor de estas cosas. Aunque prefiero que sea ahora y no en medio de un día pesado en el trabajo.