martes, 19 de abril de 2011

2011-006

Anoche, mientras veía la luna desde el balcón del tercer piso, recordaba las noches heladas caminando cuesta abajo en medio de la nieve en uno de los mejores inviernos de mi vida. Extraño sentir el aire frío en la nariz, en los ojos y las orejas, los diminutos copos de nieve estrellándose contra mi frente y el eco del motor de un automóvil que se pierde en la distancia. Caminaba con una bolsa de comida en una mano y un enorme vaso de refresco en la otra, con la certeza de que lo mejor del día estaba por llegar. Horas interminables sentados en el suelo de un piso alquilado entre siete personas que apenas se conocían y que quizás nunca se volverían a ver. Horas comiendo pastel de manzana y tomando algo de Coca-Cola mientras hablábamos del mundo, el trabajo, las universidades, todo y nada. Incluso más que esos momentos, extraño toda la época.  Había menos preocupaciones. Menos responsabilidades. Sólo mis ataques de depresión solían arruinar algunas noches, pero en general era una época mejor, llena de nieve y tardes frente al televisor con un tazón de canchita con mantequilla.

Escuché a lo lejos la sirena de una ambulancia. La luna ya no se veía, oculta detrás de las nubes. El aire se sentía ligeramente frío anoche, y fue un cambio agradable aunque aún falta para el invierno. No sabes lo mucho que nuestras conversaciones me ayudaron a seguir adelante, y creo que nunca terminaré de agradecerte todas las veces que estuviste ahí para escucharme.

lunes, 18 de abril de 2011

2011-005

El cielo es hermoso aquí. Creo que no le presté mucha atención hasta que estuve en quinto de secundaria y empecé a pasar horas sentado a la sombra de un árbol que no he vuelto a visitar desde entonces, observando las nubes barridas por el viento. Creo que era otoño entonces. Algunos días eran difíciles, otros eran jodidos.

Hubo un tiempo en que quise ser exactamente igual a los demás. Dejar de ser distinto. Ser uno más del montón. Perderme entre la multitud. No me gustaba ser diferente, aunque realmente no podía evitarlo. Hasta que empecé a tomar las cosas como vienen y entendí que lo que no te mata realmente te hace más fuerte, de una forma u otra. Soy nerd y estoy orgulloso de serlo.

Casi nunca salgo los fines de semana. Prefiero quedarme en casa porque la mayoría de discotecas y bares me aburren, salvo algunas excepciones que  no visito con frecuencia justamente para poder disfrutarlos más. Me gustan los comics, el rock, la ciencia ficción, la fantasía épica y muchas otras cosas. Me siento igual de bien sudando en un moshpit, sentado en silencio en una biblioteca, jugando juegos de rol, desarmando mi PC o leyendo noticias con una taza de café en las manos. Me gusta el invierno, la neblina y los días de lluvia.

Para algunos soy una contradicción. Soy sincero conmigo mismo, y eso es lo importante. Y ahora puedo sentarme a ver un cielo azul con nubes barridas por el viento sin deprimirme.

domingo, 17 de abril de 2011

2011-004

Me he acostumbrado a las visitas semanales. A caminar algunas cuadras hasta la terminal bajo el sol que se rehúsa a partir aunque el otoño se lo pida con neblina. A pasar por la plaza y ver a las palomas. A dormir en el bus con los audífonos puestos para bloquear el ruido del exterior y despertar poco antes de llegar a la terminal. A las caminatas hasta la estación del Metropolitano. Al rumor de las personas conversando de sabe Dios qué cosa. A los recorridos por este centro comercial o el otro. A dar una vuelta por las tiendas de computadoras para ver si hay algo nuevo. A tomar un helado o una gaseosa mientras espero a alguien. A ver a la gente yendo de un lado a otro, envueltos todos en el zumbido común a las ciudades. A entrar al supermercado para comprar cosas que siempre faltan o se antojan a último momento. A las despedidas bajo el cielo ya oscuro y sin estrellas. A las luces de los autos mientras voy a la terminal para empezar el viaje de regreso. Al tráfico casi siempre pesado dentro de la ciudad. Al bamboleo del bus en la oscuridad de la carretera y las siluetas de los cerros recortadas contra la noche. A regresar a casa entre la fría brisa de la medianoche. A dormir sabiendo que la semana siguiente se repetirán casi las mismas cosas.

Me he acostumbrado a una rutina bastante agradable que quisiera conservar el mayor tiempo posible.

sábado, 16 de abril de 2011

2011-003

Nunca me he visto en la necesidad de buscar un  lugar para vivir. Viví toda la infancia y adolescencia con mi familia en casa de mi abuela, y en los últimos años de la universidad nos mudamos a otra casa más pequeña que antes habíamos tenido alquilada. Hace unos tres años nos volvimos a mudar, esta vez al edificio en el que antes mis papás tenían la farmacia. Posiblemente a principios de mayo nos mudemos a la nueva casa construida en el terreno que antes era la casa de mi abuela. En fin, la cosa es que, a pesar de todas estas mudanzas, nunca he tenido que buscar un lugar para vivir. Cuando viví en Lima estuve primero en una pensión que encontré de casualidad. Luego viví en casa de mi hermana (lo cual, por cierto, resultó ser uno de los peores errores que haya cometido en mi vida), pero en fin, es otro lugar que no tuve que buscar. Debo ser una de las pocas personas que no ha pasado por eso, y realmente me siento agradecido por ello.

Empecé a pensar en esto mientras hablaba con una amiga que hace un tiempo estuvo buscando una habitación con espacio suficiente para ella y su vida, y la verdad es que, aunque me esforcé, no logré realmente ponerme en su lugar. No tengo la menor idea de qué haría si tuviese que buscar una habitación o un departamento. Supongo que entraría en pánico y me hiperventilaría antes de empezar a buscar.

viernes, 15 de abril de 2011

2011-002

Estoy sentado en la azotea del edificio que ahora se alza donde antes estuviera la casa de mi abuela. Pocas cosas me gustan tanto como la tranquila sensación de sentarme sobre los baldes de pintura que trajeron en la mañana (supongo que para los muros de la sala o algo) y observar las nubes. Me gusta sentarme aquí después de pasar el día metido en el estudio en la otra casa. Me gusta estar aquí y no hacer realmente nada más que dejar que pase el tiempo como lo hacen las palomas que en el día parecen observar todo desde sus puestos habituales en los cables de teléfono. A veces traigo la laptop para escribir y aprovechar la tranquilidad de no tener cerca una conexión estable y desprotegida de la cual colgarme. Se siente raro… se siente bien estar desconectado del mundo por un rato, pensar que las cosas podrían moverse a la velocidad de caminata que tenían antes y no a la carrera frenética a la que todo se mueve ahora. Nostalgia alimentada por la sensación de estar sentado nueve metros por encima del lugar en el que me sentaba a ver televisión durante buena parte de mi vida.

La luna creciente se insinúa detrás de las nubes que empiezan a separase un poco para dejarla sonreír sobre los mortales. Un mensaje de texto llega a mi celular. Al otro lado de la calle, un gato negro se despereza en el techo. Hora de regresar a casa y al tiempo real.

jueves, 14 de abril de 2011

2011-001

Leyendo después de mucho tiempo lo que escribía en mi primer blog entre el 2004 y el 2006, me doy cuenta de que, si bien algunas cosas han cambiado, hay otras que siguen siendo casi las mismas, como si se resistieran firmemente a cambiar. Las crisis existenciales se detuvieron hace un tiempo, y felizmente no han vuelto con la gravedad de antes. Ya no paso horas y días enteros atormentándome por cambios en la dirección del viento, pues eso sólo complicaba las cosas innecesariamente. He aprendido a convertir el daño en experiencia, y a dejar que esa experiencia descanse tranquila en la mochila de recuerdos. Sobreviví y me hice más fuerte, supongo.

Sin embargo, como dije, hay algunas cosas que siguen siendo casi las mismas, y hay fantasmas que siguen dando vueltas, no importa lo que haga para deshacerme de ellos. Algunos han pasado a ser compañeros de viaje. Otros dan vueltas a mi alrededor de tiempo en tiempo, murmurando cosas que se quedaron sin decir.

Una vez más tengo la sensación de que las cosas no están saliendo como deberían. Una vez más escucho el lejano susurro diciéndome que si tengo paciencia todo saldrá como espero, que esta vez será distinto. Y surge casi al mismo tiempo otro susurro diciéndome que todo será exactamente igual que las veces anteriores, aunque espere el tiempo que espere. Una vez más no sé bien qué hacer.

Enciendo un cigarrillo y dejo que el humo me envuelva y dibuje figuras extrañas que se alzan hacia las nubes.

jueves, 16 de septiembre de 2010

02.012

Hace alrededor de un mes y medio compré un pequeño cactus. Hacía ya un buen tiempo que venía pensando en comprar un cactus para poner en alguna parte de la sala/estudio (eso o un bonsai, pero son caros y requieren mucha dedicación), pero siempre terminaba quedándose para después, para comprarlo el fin de semana o el próximo mes o en algún momento antes del fin de los días. Hasta que una tarde, volviendo a casa después de salir a caminar un poco, vi una simpática penca enana sembrada en un vaso descartable roto. Al verla de cerca, noté que era un sistema binario: dos tallos principales, cada uno con un tallo secundario. Dos pencas enanas creciendo juntas, y las vendían como si fueran una sola. Faltaba la parte superior de ambos tallos principales, quizás cortados para sembrarlos en otra maceta, y la verdad es que el aspecto de la pequeña penca binaria me dio pena. Lo compré sin pensarlo mucho más y lo llevé al estudio. Al día siguiente le compré una maceta de plástico (que resultó ser más cara que el cactus), porque resulta más práctica que una de barro, y desde entonces el pequeño cactus binario ha estado viviendo cerca a mi escritorio, con visitas diarias al balcón para que pueda disfrutar un poco de aire fresco y luz solar. Nunca había tenido una planta, y me preocupaba que el cactus no sobreviviera, pero creo que el hecho de que esté creciendo un nuevo tallo secundario es una buena señal.